martes, 5 de febrero de 2008

La fábrica de ladrillos

¿Quién no ha pasado miedo alguna vez?. Ojalá yo no lo tuviera, pero aún me acuerdo de aquella tarde y....

Fué una cálida tarde de Mayo y las horas se paseaban delante de nuestros ojos cual modelo de pasarela. No recuerdo de quién fué la idea, pero cogimos las bicis y fuimos a la derruida fábrica de ladrillos.

No estaba demasiado lejos de casa y entre bromas e insultos nos plantamos allí. El viejo edificio era un amasijo de ladrillos, bloques y hierros, con parte del techo desprendido y con más agujeros en las paredes que un colador.

Nadie se acercaba por miedo a que se terminara de derrumbar y porque, según se decía, había un animal extraño que lo rondaba. Concretamente, una mezcla de perro y rata. Sí, extraño de verdad.

Cuentan los empleados de la fábrica que había un perro que se refugiaba en ella y al que daban de comer. Compartían con él parte del bocadillo a la hora del almuerzo y la comida. Era un perro inteligente y que no molestaba a nadie. Un día el perro no apareció a la hora del almuerzo. Un tanto extrañado, un trabajador llamado Edgar, estuvo llamándolo durante un rato y silbándole a modo de reclamo. Finalmente lo encontró en un oscuro rincón, temblando. Sus ojos estaban idos y se le veía una oreja mordida y ensangrentada. Edgar, despacio, se acercó para acariciarlo y éste soltó un gruñido seco y ronco. Edgar se asustó y se apartó sobresaltado. Se fué alejando muy lentamente, caminando hacia atrás. El perro seguía gruñiendo y sólo se le veía el brillo de los ojos, unos ojos que antaño eran azules. Edgar estuvo enfermo casi una semana, con pesadillas y visiones. Desde entonces las apariciones del perro por el día se hicieron nulas. Se decía que aparecía alguna noche; casi sin pelo, con la piel hecha trizas, con el morro afilado y los dientes clavados en el hocico, grandes y relucientes. Los ojos eran lo peor: brillantes, vidriosos y azules. Una noche los trabajadores de la fábrica organizaron una cacería para deshacerse del animal, pero no fué encontrado. El animal seguía apareciendo esporádicamente, siempre de noche.

Los trabajadores de ese turno tenían miedo, un miedo que se acrecentaba cada noche que el inmundo animal aparecía por alguna esquina de la fábrica. Esa siniestra visión hacía mella en cada una de las almas.

La empresa cerró al cabo de un año por falta de productividad. Poco después, los terrenos fueron vendidos y la fábrica fué demolida...pero no del todo. Las personas encargadas del derribo nunca terminaron su trabajo. Dicen que, cuando estaban en las máquinas de demolición, un animal, que no sabrían describir, aparecía cerca de ellos y que el miedo y asco los hacía retroceder. Unas semanas después el encargado de la obra de demolición murió. Todo el pueblo dice que enfermó una tarde que acudió a la fábrica a terminar él mismo la demolición. Su mujer decía que jamás había visto una cara sin expresión como la que trajo su marido aquella noche.

Y allí estábamos los cuatro mirando lo que quedaba de fachada y con el corazón en un puño. Todo alrededor olía a vejez y a muerte, y aún así entramos con las bicis. Encogidos, peladeábamos mirando a derecha e izda, atentos a cualquier ruido o movimiento. Nada sucedió. Casi toda la fábrica estaba amontonada en el suelo. Cascotes y vigas formaban enormes montañas. Empezamos a subir con las bicis por las vigas y pedruscos haciendo malabarismos. El miedo dejó paso a un mundo de fantasía y juegos. Sin darnos cuenta comenzamos una guerrilla (dos contra dos) a pedradas. Hicimos dos trincheras y las piedras iban y venían zumbando por encima de nuestras cabezas. La noche nos encontró casi de repente. Al notar la oscuridad, recogimos y salimos de prisa aún tirándonos piedras.

Cuando ya estábamos fuera, José Vicente se volvió. Se quedó parado mirando la fachada, ya en penumbras. Nosotros nos paramos y le preguntamos qué hacía. Él contestó que había salido sin la bici, que estaba dentro de la fábrica. Ninguno nos habíamos percatado de ello.

La pregunta era qué hacíamos: entrar o dejarla allí. El único movimiento que había en nosotros era el del aire, desafiándonos. Finalmente, Vicente se alejó de nosotros y marchó caminando hacia las paredes del siniestro edificio. No fuimos capaces de articular palabra al verlo marchar. Al instante se perdió en medio de la oscuridad. Pasaron segundos, minutos u horas. Desconozco cuánto tiempo pasaríamos conteniendo la respiración, pero sí sé cuándo la recobramos. Fué en el mismo instante en el que Vicente salía corriendo con la bicicleta a un lado y con el pelo de punta. Nuestros ojos se desorbitaron al ver, detrás de Vicente, un par de puntos azules brillantes. El miedo nos dejó petrificados. Vicente corría hacia nosotros gritando desencajado.

Nos montamos en las bicicletas con la piel erizada y el corazón desbocado. Las bicicletas echaron humo. No paramos de pedalear hasta llegar a la calle donde todas las tardes nos juntábamos. Descansamos unos minutos jadeando y exhaustos. Nadie abrió la boca. Nos mirábamos en silencio preguntándonos si sería cierto lo que vimos. El primero en irse fué Vicente. No se despidió, simplemente cogió la bici y se alejó con la mirada perdida en la carretera...

El día siguiente llegó y el sol nos inundó el alma y los corazones de alegría. O eso pensábamos, porque nunca más nos volvimos a juntar para pasear en bici. Y porque, estoy seguro, ninguno de nosotros pisará el nuevo museo que está ubicado en la explanada de la antigua fábrica de ladrillos.

No hay comentarios: